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Y esto es algo que no deja de sorprenderme, ni de asombrarme, cada día.

Juan es natural de Los Palacios, en la provincia de Sevilla. Ha trabajado toda su vida en el campo. Lleva semanas ingresado en unidad de cuidados paliativos. Un cáncer de pulmón, que no lo deja vivir ni a sol ni a sombra.

 

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Juan, que en realidad ni se llama Juan ni vive en Los Palacios, existe. Pero debo, y quiero, preservar su identidad.

 

La primera mañana que charlamos me contaba que en su juventud había conocido a muchos toreros. Que con Espartaco padre, tenía una foto en su salón. Espartaco padre, o hijo, que yo ya me pierdo. Porque salieron ambos a colación como un millón y medio de veces. Había auténtico fervor hacia ellos. Que eran oriundos de Espartinas, me contaba disfrutando al ver mi cara de asombro al ir recibiendo gajos de información privilegiada mientras él desempolvaba los valiosos anaqueles de lejanos recuerdos.

 

Que era del Betis, por alguna asociación inconsciente afortunada, lo acerté yo. Sonreía con complicidad ante mi blanco en la diana.

 

Fui a visitarlo la semana siguiente nuevamente.

 

Antes de entrar a su habitación, la 314, la Feli -su mujer- salió a recibirme como el lucerillo hiperactivo que es, porque es de recortada estatura. Feli es menudita, y con el mismo nervio que el rabo de una lagartija. Tiene una sonrisa abierta y blanca blanca con la que se le achinan los ojitos cada vez que te cuenta traviesa alguna anécdota que haya protagonizado. Que son cientos. Qué digo cientos, miles. Millones.

 

Y en esas décimas de segundo en las que ríe y sus ojos se le cierran tan alegres, si te andas vivo, puedes hacer un barrido fugaz por su rostro y advertir que lo impecable y la dignidad no están reñidos, para nada, con llevar casi tres años cuidando de su marido, sin despegarse de él. Justo desde poco después de ser diagnosticado y que comenzaran a fallarle las piernas. Y la cabeza. Para encontrárselo una mañana tirado en el suelo del cuarto mientras decía que se había resbalado al bajarse de la cama porque resulta que aquello estaba inundado de agua hasta el mocho.

 

Lo que le pasaba al buen hombre, sin saberlo, es que el cáncer se le había extendido por todo el costado izquierdo, habiendo hecho presa también a la zona de la cadera. Ésta se le quebró como un mondadientes, clac, y al salir del lecho y querer ponerse en pie, no hubo cómo. Y de pronto el bueno de Juan se ahogaba en una piscina a lo que no le veía el fin.

 

Vaya por dios. Me he perdido. ¿Por dónde iba? Ah, ya. La Feli, que salió a recibirme.

 

Que había pasado mala noche. Que “divagaba” musho. Me decía con ese acento suyo que tanto me gustaba escuchar. Pero que claro hombre, que pasara a verlo.

 

Entré en la habitación y tenía la mirada flotando por el techo. Le dije buenos días, que cómo estaba y, sin darle tiempo a reaccionar, que venía a que me enseñara su foto con Espartaco. Una chispa fugaz encendió su mirada. Recobró el oremus por un segundo. Nos reímos mucho. Balbuceó sobre el cortijo de la sierra norte donde tantos peregrinos taurinos paraban, y donde se había sacado la famosa instantánea, y se volvió a echar con palabras que ya no alcancé a entender. Se puso de medio lado, moviendo la boca como un bebé recién destetado. Claro, por su propia cuenta y riesgo, se había quitado el oxígeno sin que la Feli, que había salido dos minutos antes a reunirse con el médico, lo hubiera advertido.

 

“Juan, ¿quieres que te ponga esto? Vas a respirar mejor, mira”. Y Juan se dejaba hacer. Parecía un pececito fuera del agua. Con los ojos tan abiertos, moviendo rítmica y agónicamente las branquias. Le acariciaba su cabello que parecía de plata fina, notando que tenía la barba más crecida que la última vez. Me extrañó porque la Feli lo tenía impoluto. De revista siempre, aunque él, en sus “divagaciones”, decía que lo cuidaban muy mal y que le habían partido un dedo. O dos. Y la Feli, cuando lo escuchaba decir esas cosas, le seguía el paso diciéndole que desde luego, que es que ella era mu mala. Malísima. Y ponía cara de bruja chinchosa que se lo fuera a hacer pero con razón. Y me miraba de reojillo y nos reíamos con ganas.

 

Parece que me leyó el pensamiento, porque en ese preciso momento regresó del cónclave con el doctor. Venía de buen humor. Comentamos el tema del afeitado y, tras reírnos otra vez por el soniquete rimbombante de que si que mala, que si un dedo roto, nos despedimos hasta la próxima semana, o mejor, hasta vernos en Los Palacios.

 

Hoy regresé al hospital. Una semana después. Siete días de calendario.

 

Fui directo a su habitación, los tenía en el sentido desde bien temprano. Al acercarme al quicio de la puerta vi la cama hecha y nada ni nadie alrededor. “Bien, les han dado el alta, ya estarán en casa”. Me dije. Di media vuelta y me dirigí a realizar otra visita.

 

Era el turno de una que estaba en el mismo pasillo, un poquito más adelante, enfrente. Qué raro. La puerta aparecía cerrada a cal y canto. Pregunté a una enfermera que pasaba por allí si era aislamiento. Me dijo que no, que ella supiera. Se adelantó y llamó suavemente tocando dos veces la madera, que se abrió de súbito.

 

La Feli. ¿Qué hacía allí?

 

Estaba pálida. Sin embargo, su semblante viró automáticamente, alegrándose genuinamente al reconocerme. Se le dibujó una instintiva y brevísima sonrisa y, casi de un respingo, salió del todo al pasillo para decirme -recuperando el rictus solemne- que ya lo habían sedado, que estaban esperando.

 

“¿Eso cómo va a ser, si la semana pasada me decíais que estabais esperando para volver al pueblo?”

 

“Qué va hijo”, me decía. “Durante la noche empezaron con la morfina. Y que, aun así, a veces despertaba como si no tuviera nada puesto. Y no es que hablara, sino que parecía que estaba viendo algo. Y ahí se quedaba…”

 

Son las 22.54 horas del mismo día. Y probablemente Juan, ya esté abrazado a lo eterno.